domingo, 12 de abril de 2015

PRÁCTICA, UNA ACCIÓN POLÍTICA EN LA ESCUELA

PRÁCTICA, UNA ACCIÓN POLÍTICA EN LA ESCUELA

Por: María Yeny Betancur Cárdenas

El asombro ronda todavía en la escritura de estas líneas que partieron de algunas lecturas, de cavilaciones y desvelos, tratando de entender y de darle cuerpo a un conjunto de conceptos  y miradas, nuevos tanto unos como  otras,  y de encajarlos dentro de la actividad individual y profesional en el magisterio.  La posición personal frente a esta,  mi quehacer a lo largo de varios años, se erosionaba a medida que la reflexión posibilitaba una mirada más detenida sobre la experiencia acumulada.
Si de este proceso de indagación sobre la actividad en las instituciones escolares la posición del maestro fuera posible construir una imagen, podría decirse que consistió en mirarlo a través de una lente especial, poliédrica si se puede utilizar este término o utilizando un caleidoscopio mediante el cual las imágenes  múltiples y diversas se superponen y se desagregan. Se trató del encuentro con una  visión nueva que transformó la anterior y generó la capacidad de ver una realidad vivida y presente actualmente, dándole una perspectiva donde son visibles aristas, perfiles y caras antes no reconocidas y  sobre la cual podrían reformularse las actividades que como maestros, muchísimas personas realizan día a día. Ahora bien, concretando en que consistió ese cambio en la visión de la actividad docente en instituciones escolares, hay que decir que una de esas nuevas miradas fue la ver al maestro desde la perspectiva de varios sujetos que se fragmentan en una sola persona. Y es que, el maestro, por una parte, es un sujeto inmerso en una relación laboral y disciplinaria con la institución, reglamentada por la institucionalidad  que es la que determina como cumple con sus funciones, cuando cumple con ellas, donde lo hace y que relación desarrolla con sus superiores. El maestro cumple, además, unas obligaciones particulares en cada institución y que lo involucran con los padres de familia, con los compañeros de labores, con los alumnos y con las herramientas para la enseñanza de las distintas áreas y con dichas áreas;  debe planear su trabajo, siguiendo unos lineamientos específicos; debe consignar los resultados de ese trabajo, bien sea mediante la escritura explicativa o en informes verbales.  Debe traducir a indicadores y a resultados la acción que día a día realizan los alumnos. Y debe, además, establecer las relaciones con los alumnos que no tienen un único componente, porque el maestro trasmite, enseña, imparte nociones de vida, modela ética y moralmente las conductas..
Cada una de estas posiciones como sujeto le asigna un lenguaje y unas formas de actuar, y le fija unos deberes.  Esta manera de concebir las acciones de un ser humano específico que es el maestro, fueron permitiendo visualizar las guías que sirven de orientación en cada caso y mostraron que ninguna de dichas guías le pertenece completamente al maestro, sino que por el contrario vienen dadas institucional y socialmente.
La actividad cotidiana y la resolución  de los problemas que le acarrea al maestro  la actividad  plantean problemas y crean perplejidades. Una de estas consiste en pensar hasta qué punto la labor de enseñanza es eficaz y facilita a los niños y jóvenes la comprensión acerca de la necesidad del aprendizaje.  ¡Cuántas veces el docente siente que su labor es repetitiva, que los lineamientos que hay que seguir no son los más eficaces, que las evaluaciones no dan cuenta del aprendizaje, que podrían hacerse las cosas distintas! Y, sin embargo, no existe la manera de llegar a cada alumno y de transformar las formalidades en verdaderos hechos de aprendizaje.
Este carácter consuetudinario de la actividad genera unos hábitos y unas formas de trabajo institucionales que siguen las instrucciones para proceder en cada caso y enfrascan al maestro en soluciones que le permiten cumplir con los lineamientos tal como están trazados. Sin embargo, por entre las distintas situaciones que se afrontan en el día a día, se filtran las reflexiones y acechan las dudas acerca de si son adecuadas o no esas soluciones institucionales o si pueden diseñarse otras.
También asaltan en la cotidianidad algunas cuestiones sobre la posición del maestro, sobre el lugar del alumno; dudas que no se disuelven, sino que se diluyen en el trajín diario y a las que se dan respuestas que simplemente llegan, sin que medie la reflexión o se acuda a la discusión. La tarea docente no tiene hoy el carácter de indagación y de inquietud, sin que esta afirmación conlleve a creer que existió en el pasado, simplemente se hace referencia al hoy.  En esta tarea todo lo que sucede es previsible, los logros y las dificultades, así como las actitudes de los alumnos y las respuestas escolares. .
Sería difícil afirmar que la reflexión que permita establecer una relación crítica con el ser del maestro no existe en las instituciones, porque es posible que suceda en algunas de ellas o con algunos docentes, pero lo que si es cierto es que la relación permanece atada a los procedimientos y el conocimiento que tienen los docentes se imparte a los alumnos.
Es usual pensar que el maestro, en su posición como tal, tiene la calidad transparente de trasmisor de conocimientos y de saber, así como la caracterización de un mediador “objetivo” o instrumental que, a manera de una puerta giratoria sirve para que de un espacio donde al parecer existiría un depósito de conocimientos, se traspasara el umbral para llegar a instalarse en el espacio del alumno…… Sin embargo, hay que decir que el maestro simplemente empuja esa puerta giratoria continuamente, pero en su acción cotidiana no está en condiciones de reflexionar acerca de este tema: las dificultades que suscita el conocimiento pertenecen siempre al campo del alumno y no se cuestiona ni la relación que se establece con el saber y su incidencia en la apropiación por los alumnos y mucho menos existe la reflexión sobre el carácter del saber del maestro, porque su carácter es marginal o es inexistente, en tanto se encuentra en libros y textos, apropiados para el oficio y que contienen los contenidos a impartir.
Olga Lucía Zuluaga se refiere a este tema al cual denomina institucionalización del saber y que puede ser pensado, según sus reflexiones, mediante la historia de la práctica pedagógica, en tanto que esta trata de la historia de un saber que tiene una normatividad propia, pero que además, y como algo fundamental, tiene que referirse a los saberes; tiene que hacer referencia a un saber cuya circulación depende del maestro, pero que este está marginado de él, tanto como productor como portador.
Sobre este último aspecto mencionado, el concepto de la práctica pedagógica abrió posibilidades de pensar en el quehacer del docente. En el texto Pedagogía e Historia, su autora Olga Lucía Zuluaga[1]  lo enuncia describiendo lo que desde el texto puede comprenderse por tal:
Los modelos pedagógicos tanto teóricos como prácticos utilizados en los diferentes modelos de enseñanza; una pluralidad de conceptos pertenecientes a campos heterogéneos de conocimiento retomados y aplicados por la pedagogía; las formas de funcionamiento de los discursos en las instituciones educativas donde se realizan prácticas pedagógicas; las características sociales adquiridas por la práctica pedagógica en las instituciones educativas de una sociedad dada que asigna unas funciones a los sujetos de esa práctica; las prácticas de enseñanza en diferentes espacios sociales, mediante elementos de saber pedagógico.
De acuerdo con estos contenidos, en la práctica pedagógica se encuentran condensados los procesos de institucionalización del saber del maestro que, precisamente, no obedecen a la propia relación entre este y ese saber, sino que deben seguir al pie de la letra los lineamientos que le dicten las competencias necesarias en cada área del conocimiento. En aquella se inscriben, también, las formas en que se enuncia el saber y las reglas de circulación del mismo, no solo en la institución, sino en la sociedad, pues se trata de un saber reglamentado y  como tal se aprecia por quienes lo detentan,  como si tuviera una entidad particular derivada de algo así como una “esencia” propia.

En este sentido, puede observarse que en áreas como las ciencias naturales, la biología, por ejemplo, esta se aborda en las instituciones escolares, partiendo de  una mirada que tiene todas las pretensiones de ser científica, sin considerar que en esta ciencia se reportan hallazgos continuamente que entran en contradicción con los saberes establecidos. La evolución de los organismos, la interrelación entre estos y el medio, por ejemplo, son temas que se tratan a diario y que modifican los conceptos y las clasificaciones de la biología escolar. Y que además, por tratar de un área que tiene que ver con el mundo molecular, que en muchos de los casos no es visible sino por medio de simuladores digitales,  las explicaciones científicas constituyen formas narrativas de describir dicho mundo. Pero los componentes de la práctica pedagógica los asumen como realidades  tangibles, institucionalizando un pensamiento que pudiera llamarse “quietista” para definir su carácter fijo y con fines escolares.

El anterior ejemplo puede servir para afirmar que los campos del saber presentan movimientos constantes que no son tenidos en cuenta por el discurso escolar, que como ya se ha dicho, tampoco les pertenece a los docentes, ni estos están en capacidad de plantear, teniendo en cuenta los lineamientos de la historia de las ciencias, formas diferentes de apropiación de dichos conocimientos.

Por estas razones, el concepto de la práctica pedagógica, entendida como lo hace Olga Lucía Zuluaga desde la perspectiva de la historia[2], coloca al docente frente al saber que imparte en otra condición diferente a la de ser un trasmisor de conocimiento. Algo parecido podría suceder con el área de historia, o con la geografía. Aunque el pensamiento que se trata de expresar no significa que se esté planteando la necesidad de convertir las aulas en centros de debates científicos, porque ese no es el objetivo que tienen las instituciones escolares, sino en crear una reflexión sobre el quehacer pedagógico y su historicidad.

Este concepto de historicidad ha sido otro que ha esclarecido un sentido importante de la práctica pedagógica que se apropia el docente; se entiende la historicidad no como un relato cronológico que refiere el trascurso de la acción educativa, sino como una herramienta que posibilita caracterizar el objeto de su quehacer  como un campo en constante transformación, como lo que no permanece (contrariamente a las evocaciones de quienes se lamentan diciendo “en mis tiempos no era así”). 
Las prácticas pedagógicas, tal como son aplicadas, suelen tener un componente de adherencia que no les permite cambiar rutinas y conceptos, actividades y labores y en consecuencia se procede como si las cosas no pudieran sino de una única manera, siendo que, como lo describe  Alberto Echeverri, “el campo deviene”[3], es decir se transforma constantemente en su movimiento:

El campo deviene en sus problematizaciones, está allí, no se puede negar, él se presenta así mismo envolviendo y desenvolviendo sujetos, prácticas, disciplinas, saberes, en todo caso, el campo es también un lugar de intersecciones que traduce “…los lenguajes de las ciencias, los saberes, las experiencias, las prácticas y las culturas que habitan las fronteras de la pedagogía y la didáctica. En palabras de Dewey, este campo acercaría a los maestros a las teorías generales, liberándonos de los particularismos que le impone la rutina diaria” (Echeverri, 2008: 119)

Uno de estos campos en movimiento permanente es el de las nuevas tecnologías aplicadas a la escuela: ellas son la muestra evidente de cómo han cambiado el sentido del aprendizaje, la función del maestro, así como la subjetividad del alumno, precisamente porque han conmocionado los campos donde operan y porque sus herramientas han anulado, en cierta forma, el papel del receptor y han creado un ámbito de decisión personal, mediada precisamente por las máquinas.

Estas nuevas tecnologías son una muestra evidente de como los cambios tecnológicos agitan permanentemente sus propias estructuras, proponiendo modelos que se superan y abren otras posibilidades; y ellas tampoco se quedaran quietas,  porque “devienen” constantemente, razón por la cual la reflexión pedagógica también tiene que considerar dichas tecnologías y sus transformaciones e incorporarlas a su campo.  Las tecnologías serán otro asunto en un futuro, y no pueden constituirse dentro de la práctica pedagógica en el punto que gira sobre sí mismo. La reflexión de esta tiene que incluir todas las herramientas, todas las teorías y todas las acciones.

A manera de conclusión puede decirse que la tarea del maestro contemporáneo consiste en sacudir la quietud que existe en el proceso de la enseñanza, y sobre la forma como trascurre y pensar que puede transformarlo desde dentro, apropiando para sí nuevas formas y nuevos contenidos que le faciliten su relación directa con el saber de las distintas áreas y ciencias, para así construir nuevos espacios para la docencia..

Bibliografía

ECHEVERRI, Alberto, ZAMBRANO, Iván. Un campo conceptual y narrativo de la pedagogía. Congreso de investigación y pedagogía.

ZULUAGA GARCÉS, Olga Lucía. Pedagogía e historia. Bogotá, 1987, Ediciones Foro Nacional por Colombia.

ZULUAGA GARCÉS, Olga Lucía. Pedagogía e historia. La historicidad de la pedagogía. La enseñanza, un objeto de saber. Editorial Universidad de Antioquia, 1997



[1] ZULUAGA GARCÉS, Olga Lucía. Pedagogía e historia. Bogotá, 1987, Ediciones Foro Nacional por Colombia, pag. 196
[2] ZULUAGA GARCÉS, Olga Lucía. Pedagogía e historia. La historicidad de la pedagogía. La enseñanza, un objeto de saber. Editorial Universidad de Antioquia, 1997

[3] ECHEVERRI, Alberto, ZAMBRANO, Iván. Un campo conceptual y narrativo de la pedagogía. Congreso de investigación y pedagogía.